Artista Plástico

Los dibujos de Rafael Dussan

Rafael Dussan trabaja con la paciencia, la disciplina y el entusiasmo de un monje. Un monje que no se afinca en lo religioso conventual, sino que indaga en la conmoción de los sentidos y en las ondulaciones de lo onírico. Pero, teniendo en cuenta su formación pictórica, nutrida de los imaginarios renacentistas, y cuyos itinerarios han pasado por Italia, Francia y los países flamencos —Giotto, Leonardo da Vinci y El Bosco palpitan en sus trazos—, lo suyo está signado por el retorno a un cierto paganismo, donde la naturaleza posee una importancia fundamental.

Lo primero que vi de Dussan fue en el claustro de San Pedro Claver. Sus instalaciones, compuestas por dibujos sobre bolsitas de té, papel y tela, me parecieron una invitación a que la mirada dialogara con sus trazos evanescentes y con los espacios de esa morada histórica. Un abrazo inquietante, porque los límites del lugar parecían desvanecerse para estallar en una cartografía de sueños, donde el color aparecía entre una confabulación de negros, grises, blancos y tenues sepias. Todo ello estaba plasmado sobre un fondo que remitía a coordenadas acuáticas, florales y celestiales.

Después vi su obra mural en el salón principal de Casa Puente, junto al hotel Santa Teresa, en Cartagena. Es en esta ciudad donde Dussan ha estado radicado y donde dibuja desde hace años. Y no solo sobre el papel, sino también sobre las superficies pétreas de las residencias. El artista me dejó recomendado con la administradora de la mansión. Fui conducido entonces a la sala donde se había plasmado una Cartagena particularmente sugestiva.

Mientras observaba las paredes, comprendí que allí había una evocación de una urbe que sucumbe a los estragos de la contaminación. Desde abajo, el mar y sus ciénagas, poblados de calamares, pulpos, delfines y manatíes, ascendían hasta penetrar las edificaciones coloniales y republicanas. La vegetación, por su parte, aspiraba a llegar hasta las nubes entre ramajes intrincados. Una metamorfosis continua en la que árboles, criaturas marinas y aves devienen en algo semejante a los seres humanos.

Esta simbiosis propuesta por Dussan no solo es un canto a lo que somos como naturaleza, sino también una suerte de lamentación poética por la devastación que ocasionamos cuando creemos ser el centro del universo. Al contemplar esos dibujos en red, esos trazos a veces inextricables, esa especie de maraña translúcida, se me hacía evidente que estamos fraguados, tanto en la ensoñación como en la vigilia, de picos y alas, de hojas y tallos, de escamas y plumas, de tentáculos y aletas. Y que, si queremos persistir como especie, es fundamental aproximarnos a la naturaleza de una manera más amorosa, por no decir erótica.

Y digo erótica porque este elemento es trascendental en la obra de Dussan. Se trata de un erotismo que pareciera desembocar en la materialización de una caricia, pero que alcanza su proyección más elevada en la imaginación cuando esta se vierte en la palabra, el sonido o la imagen. En los dibujos de Dussan, el erotismo se manifiesta no como la representación exacta de un deseo, sino como una expresión melancólica y bella de concebir el mundo.

En los nuevos dibujos, que se exhiben en la Galería Deimos Arte de Bogotá y que han sido elaborados bajo el vínculo entre naturaleza y ciudad, mucho de esa delicia de las formas vuelve a insinuarse. Las raíces se tornan anhelo, buscando más el afuera que el adentro. La flor y la hoja se erigen como un fresco monumento frente a la desgastada fachada del templo y del palacio. Los pájaros y las lagartijas permanecen inmóviles para observar su entorno desde un asombro inquieto que también es el nuestro. Peces, aves y manglares están aquí para recordarnos que una existencia sin ellos sería no solo catastrófica para el equilibrio natural, sino también insípida y ajena a las fantasías y a los juegos que nos regala la sucesión de los días y las noches.

Los dibujos de Dussan señalan, por lo demás, un nuevo período en una obra que sabe confrontar los tiempos de crisis. También hay que mirarlos de ese modo: con la certeza de que en ellos se revela la tradición pictórica europea, arraigada en las búsquedas de su espiritualidad religiosa. Pero, al elaborarse desde una ciudad como Cartagena y en un país como Colombia, esa tradición adquiere un sentido social y político insoslayable.

Julio 4 de 2023
Redacción Diario Criterio
Pablo Montoya

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